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Una locura ¿No?
¿Qué pueden tener en común estos tres nombres?
A uno le gustan los gordos, al otro le encanta comer y polemizar. MilSabores no tiene nada que ver con ellos. Solo dos cosas: La primera entrevista de su vida y la entrevista que no ha hecho todavía.
Fue en una de las visitas de Botero a Caracas. Ya estaba La Putica en la Colección Permanente del Museo de Arte Contemporáneo. Le encantan así, los personajes rellenitos, gorditos, de colores llamativos y diferentes. A mi también. Me gusta mucho su trazo. Su obra. Su personalidad. Pronto visitaré sus museos en Colombia, visitaré, si Dios quiere, la Plaza de las Esculturas en Medellín.
Debía un trabajo en la universidad, uno para la cátedra de redacción y estilo, creo. El reto no fue la nota, ni siquiera entregarlo finalmente. Aquello fue emocionante, una idea que vino de repente. "Botero debe estar en el Hilton. Si lo llamo tempranito a su habitación seguro me lo llaman y me atiende. Ya eso, solamente eso, sería una gran víctoria". Efectivamente, me atendió Botero, tempranito en la mañana. Apurado, pero amable, muy decente. Me concedería su entrevista al día siguiente, en la sede del Museo, antes de decir unas palabras al público que visitaba su muestra. La muestra del "pintor que pinta gordos". Así le conocían, eran los años ochentas.
Pobre Sofía Imber. Jamás le perdoné aquello. "Tiene 5 minutos solamente. Ni un segundo más. ¡Ni uno menos!". Fueron los minutos más cortos de toda mi vida. Creo que Sofía contó los segundos. Quedé enamorada del hombre. De su barba, de sus canas, de su voz, serena, fuerte y entusiasmada al contar cómo pintaba, al ritmo que parecía tallar con sus manos. No se si mezclo en la memoria cosas que luego leí, con lo poco que aquel mediodía escuché. Es posible. Lo recuerdo grande, amable, con una sonrisa agradable. Habló de sus hijos, de su esposa, de sus primeras aventuras por España, de cómo fue descubriendo su estilo. De cómopasó trabajo, de cómo andaba sin un centavo en el bolsillo, pero hacía lo que sabía debía hacer. Fue una conversación corta pero maravillosa.
La pregunta obligada del momento era sobre los gordos ¿Y por qué tan requete gordos? Botero explicaba, sonreía. Cansado de la misma pregunta, no, honestamente creo que más bien divertido. Sería lo que buscaba al principio. Ser o hacer diferente.
No recuerdo haber hablado de comida, de platos preferidos, de "artes culinarias". Ni soñaba con hacer MilSabores.
Hablo de Botero al tiempo que hablo de Bourdain. ¿Por qué? porque a medida que se acerca la venida de Bourdain a Caracas, siento la misma emoción del primer día en que entrevisté a alguien, a Botero. Finalmente, en Nueva York, no sé qué pasó. Me lo encontré, lo ví, lo seguí hasta entrar en el pequeño restaurant, me dió su email y después nunca le escribí. O, mejor dicho, si sé: A Bourdain quiero tenerlo frente a mi, sentarme a conversar con él, sacarle lágrimas y carcajadas, que me quiera y que me odie, que me lo cuente todo, todo, todo. Descubrir quién es en verdad. Ay Sofía, ¡No te me pongas por delante! Esta vez no quiero que me cuenten los minutos.
Si tan sólo se me cumpliera mi deseo, me iría a Nueva York y me sentaría en aquel restaurant, horas de horas, a conversar de verdad con Bourdain. O quizás pueda hacerlo esta vez, cuando en Agosto venga a Caracas, al Hotel Tamanaco, de la mano de The Media Office.
¡Ojalá!
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