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Recordaré por siempre.
Sus cremosos quesillos, sus esponjosas gelatinas chantilli, las suculentas polentas o las chalupas y el olor de las crujientes pizzas caseras que nos comíamos en su casa, que siempre era la nuestra. El corral en el centro, Dicki ladra a la derecha, los monitos de los vecinos se escapan a la izquierda. El avioncito en el estacionamiento, saltapericos, el cuarto oscuro, stop, tanteo, un, dos, tres negrito inglés.
Recordaré por siempre.
Los vasos de vidrio verde, aquellos que jamás se rompían ni que los tiraramos al piso, el chorrito del dispensador de agua y las gotitas de frío en la botella, la bodeguita de la esquina para comprar las chucherías, la quincalla a tres cuadras para los tubitos de hacer bombitas. La peluquería con los peinados abombados, los zapatos nacarados con brillanticos para fiestas. Tres casas más arriba, las Anselmi y las flores de fieltro. Las visitas a Stern e Hijos, los juguetes de navidad. Sabana Grande, La Calle Real, las quesadillas de la 900, las fotos con el San Nicolás de La Piñata, el Hombre Orquesta y su sinfonía. Daniel y Zulay. Lissa en Gainesville. Las manzanas acarameladas en una época, los perros calientes en otra, las pinturitas en la inmensa y recién inaugurada Sears. Nuestras joyas: los seaglass en Barbados. El Telecuentos. Las llegadas a Maracay, las sorpresotas llenas de caramelos, los carritos de helados y el carrousel de las piñatas. Las bombitas de agua, las mangueras y los baldes en carnaval. Los Caracas en vacaciones, los camarones en el río, las casitas y las melcochas de Naiguatá, los algodones de azúcar y las piscinas de Puerto Azul, el cine y el golfito. Ser vecinas, el día de los inocentes.
Recordaré por siempre.
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